A fines del siglo VI a.C. Esparta es ya una gran potencia:
a ella acudió Creso, rey de Lidia, en guerra contra Ciro, rey
de los persas, y lo mismo hicieron las ciudades griegas de Asia
Menor levantadas contra los persas. A principios del siglo V a.C.,
cuando Grecia tuvo que hacer frente al peligro persa, la potencia y
poder de Esparta contribuyeron de manera decisiva a rechazarel
peligro. Esparta abandonó entonces su política de
aislamiento y participó con el resto de los griegos en la
lucha contra el enemigo común. Después de las Guerras
Médicas, la hostilidad que alimentó contra Atenas,
cuyo poderío estaba en pleno auge, condujo a la Guerra de
Peloponeso, terrible conflicto del que Esparta salió
victoriosa y como dueña de Grecia; pero su hegemonía
comenzó a debilitarse con las guerras de Beocia y Corinto.
Cuando Pausanias pasó por Esparta, en el siglo II d.C., todavía
la encontró próspera. Esta prosperidad se prolongó
hasta mediados del siglo III d.C., cuando dan comienzo las
invasiones bárbaras. Le ciudad continuó estando
habitada hasta época postbizantina con el nombre de
Lacedemonia. A comienzos de la dominación franca, Guillermo
II de Villehardouin se estableció en Mistra, pero después
de la batalla de Pelagonia, en 1259, se vió obligado a
restituirla a los griegos.
Los demás vestigios de la ciudad antigua son
insignificantes. Puede sin embargo visitarse la llamada tumba de Leónidas,
al norte de la ciudad moderna: se trata de una construcción
en forma de temlo, integrada por dos piezas de sillares
rectangulares bien aparejados. De creer la tradición, aquí
habrían sido depositados los restos de Leónidas, en
cuyo honor se celebraban unos juegos.
En la colina, que era también la acrópolis de
Amiclas, se levantaba el santuario de Apolo, cuyo períbolo
rodeaba toda la altura; aún pueden verse restos del mismo en
la parte sudoriental. Aquí se alzaba la colosal estatua de
Apolo que conocemos por las monedaas.